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"París siempre es una buena idea". Audrey Hepburn (Sabrina)

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GERMÁN ESPINOSA

GERMÁN ESPINOSA Y EL REINO DE LAS SOMBRAS
Para conmemorar, en octubre, cinco años sin la
presencia del gran escritor, quien fuera crítico de cine
Por Erick González G.
(Cine Filia en Facebook. Dirección: http://www.facebook.com/cine.filia.7 )
“Si yo no fuera escritor, sería director de cine”, afirmó sin espacio a dudas Germán Espinosa en su apartamento en las Torres Jiménez de Quesada hace un par de años, una noche en la que por los vaivenes de la conversación y de la memoria decidió visitar algunos recuerdos de “el reino de las sombras” (frase con la que Máximo Gorki bautizó a la sala de proyección, cuando visitó el cinematógrafo de los Lumiere en 1896, según el libro Los escritores frente al cine).


Esta afirmación o, para ser más exactos, su tono casi impetuoso entrañaba una frustración: no ser ambas cosas, tal vez, a la manera de una Marguerite Duras, hábil guionista, novelista y directora de cine francesa, nacida en Indochina. El guión de Hiroshima mon amour –dirigida por Alain Resnais, ganador de la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1959 y nominada al Oscar como mejor guión en 1960–, la novela El amante –adaptada al cine por Jean Jacques Annaud– y la película El camión –nominada a la Palma de Oro en 1977– dan testimonio de sus cualidades.

La literatura fue, sin duda, el gran amor de Espinosa, pero le era infiel con el cine, su esquivo amante. Esos flirteos comenzaron desde niño cuando traicionaba los versos de Quevedo con la película Invasión a Mongo (1940) –según narra en sus memorias La verdad sea dicha–, la última producción de la saga de Flash Gordon, protagonizada por Buster Crabbe, el mismo actor que hizo de Buck Rogers en 1939 (historietas que rivalizaban en popularidad en los años 30), y que él vio hacia los años 50.

Varias veces evocaba como solía en sus años mozos, acompañado de su esposa Josefina, ir a cine casi todos los días a ver varias funciones. Aseguraba que hacia los años 60 había más circulación de películas y exhibían más producciones del viejo continente que ahora.

Recuerdos del Viejo Continente
De Europa eran varios los movimientos, directores y actores que acudían a su memoria.

De los recuerdos de la Nueva Ola francesa prefería los dramas y asesinatos que contenían los argumentos de Claude Chabrol (resaltaba La mujer infiel, 1968) y las historias de Francois Truffaut a las innovaciones de Jean Luc Godard. No es necesario inquirir las razones de ese pedestal para quienes enarbolan la bandera ‘godardiana’. Esa elección correspondía con su afecto por las historias policiales y la ficción científica en las que hacia 1959 le parecía “encontrar la raíz de una nueva literatura”. Es sabido por sus lectores de su apasionamiento por la obra de George Simenon y Agatha Christie, entre otros literatos afiliados al género detectivesco, pero ignoro si gozó con las actuaciones de Jean Gabin y de Charles Laughton –su actor favorito– como el comisario Maigret. Disfrutaba, asimismo, de las películas del francés Jean Pierre Melville (Le samuroai) que complacían esta inclinación.  

Deploraba, no obstante, del cine francés contemporáneo por considerarlo aburrido.“Son películas en las que transcurren 20, 30 minutos y no sucede nada”, afirmaba con desdén, al punto de aceptar con reserva cualquier DVD recomendado que tuviera origen galo hasta que vio Amelie, de Jean Pierre Jeunet, cuyo colorido, alegría y creatividad artística le merecieron una grata opinión.
Sin embargo, disputaban sus preferencias el cine italiano, representado por Visconti, Rossellini, De Sica, Fellini, y la puesta en escena del sueco Ingmar Bergman. De Luchino Visconti destacaba las adaptaciones de Muerte en Venecia, original de Thomas Mann, y El Gatopardo, inspirada en la obra del italiano Giuseppe Tomaso di Lampedusa, la cual consideraba una de las grandes novelas del siglo XX. Aseguraba, sin temor, que las cintas de Visconti estaban cinematográficamente a la altura de los libros de Mann y Lampedusa.


Dedicó a Vittorio de Sica unas hojas con motivo de su fallecimiento en 1974, recopiladas en su libro Crónicas de un caballero andante, en las cuales refirió: “de Sica demostró que una película de noventa minutos podía y debía ser sustancialmente una obra de arte, algo profundo y perdurable”.

Fellini era su director predilecto y el autor de su película preferida: Ocho y medio. Compartía además con Federico su admiración por la obra de Jorge Luis Borges, autor al que consideraba el mejor escritor en lengua española, un escritor para escritores, el que más había disfrutado en la vida. Sé que este escaño –del mejor escritor– a veces gustaba compartirlo con Cervantes, Rubén Darío y la prosa de Ramón del Valle Inclán, pero un par de días antes de su muerte, instantes en que todo hombre define sus aciertos, errores y aprecios, pidió que le llevasen a la clínica el segundo tomo de las obras completas del argentino, el último libro que quiso releer, excluyendo así duda alguna sobre su predilección.

De Ingmar Bergman, el “nórdico lleno de brumas, tempestades psicológicas”, Espinosa expresó en un artículo en el libro de crónicas ya anotado, que él “era acaso uno de los realizadores más lúcidos que nos haya sido dado conocer”.

Una vez me aclaró que Michelangelo Antonioni había desmentido que su película Blow Up se hubiera basado en un cuento de Julio Cortázar, simplemente fue una afirmación motivada por el afán de escapar de las preguntas de un reportero, pero en realidad nunca había leído al argentino.

Hablar de cine europeo para Espinosa era rememorar a Buñuel, Pasolini, Murnau, Lang, Renoir, von Stenberg, Eisenstein, y las actuaciones de Jeanne Moreau, Julietta Massina, Catherine Deneuve, Anna Magnani, Sofía Loren, Anita Ekberg, Ingrid Bergman, Liv Ullman, Bibi Andersson, Fanny Ardant, Simone Signoret, Marcelo Mastroianni, Laurence Olivier, Richard Burton, Vittorio Gassman, Alain Delon, Anthony Hopkins, Max von Sidow, Dirk Bogarde, Peter Lorre y Gerard Depardieu, entre otros que se esconden de mis recuerdos.

El cine norteamericano


Cuando su memoria cruzaba el Atlántico gustaba hablar de cine negro (Humphrey Bogart, James Cagney, Edward G. Robinson, Paul Muni…), western (John Ford, John Wayne, Gary Cooper, James Stewart), comedia (Billy Wilder, Leo McCarey…), ciencia ficción (particularmente las producciones contemporáneas), Orson Welles, John Huston, Francis Ford Coppola, Otto Preminger, Michael Curtiz, William Wyler, Frank Capra, Howard Hawks y Alfred Hitchcock (en especial su carrera en Estados Unidos).

De la obra de Welles se decantaba más por el thriller de Sed de mal, que por el notorio virtuosismo de Ciudadano Kane. Cuando se refería a Alfred Hitchcock, otro de sus directores favoritos, la conversación se paseaba por el manejo de los planos, Cary Grant, James Stewart, Ingrid Bergman, Grace Kelly, Joan Fontaine, Psicosis, Vértigo, Los pájaros…, su influencia en directores de la Nueva Ola francesa y el programa de televisión Alfred Hitchcock presenta (1955-1962).   
 
El terror, un tema espinoso
De ese suspenso hitchcokiano podía brincar al terror de Nosferatu el Vampiro (1921), de Friedrich Murnau, y a las diferentes obsesiones que el vampirismo generó. El primer Drácula caracterizado por Bela Lugosi en 1931, bajo la dirección de Tod Browning; las adaptaciones inglesas de la Hammer Films con Christopher Lee como el aristócrata hematófago; Las novias de Drácula, de Terence Fisher; El baile de los vampiros, de Roman Polanski; el remake de Nosferatu en 1979, del alemán Werner Herzog, protagonizado por Klaus Kinski; la versión del Drácula de Bram Stoker hecha por Francis Ford Coppola, y La sombra del vampiro, de Elias Merhige, recreado por William Dafoe, son algunos ejemplos de ese capricho.

Ello se debía, con certeza, a que el manantial literario del cual provenía esta obsesión cinematográfica por la figura del Conde le había deparado gratos momentos al punto de dedicarle en 1960 unas páginas tituladas Drácula y los templarios, recopiladas en su libro Los oficios y los años (2002), y unas líneas en su magnífica novela –mi preferida– La balada del pajarillo (2001), en la que comparaba a uno de los personajes principales, Primitivo Drago, con un vampiro, pero no con aquella figura proveniente de Stoker ni del séptimo arte, sino con la que reflejaba el siniestro Lord Ruthven de la novela El vampiro de John Polidori (1819).

Incluso, desde hace casi un año antes de su despedida pedía a sus hijos que le llevasen en DVD el cine de terror clásico de la Universal o de la Hammer para recrearse. Claro que para él el suspenso y la sorpresa podían provenir también de Lon Chaney (el hombre de las mil caras), Boris Karloff y Stephen King, entre otros protagonistas de los mejores sustos cinematográficos. No le gustó El aro, del japonés Hideo Nakata, y desconozco si tuvo oportunidad de observar más producciones de la doble vertiente del cine de terror oriental: el fantasmagórico (El aro, Aguas oscuras, El ojo…) y el extreme (Audition).

Espinosa y el cine de la periferia

De oriente expresaba su admiración por Kurosawa y Mizoguchi, y recientemente no toleró La casa de las dagas voladoras de Zhang Yimou.

No obstante haber vivido en Kenya nunca hizo alusión al cine del continente negro. Me hubiera gustado mucho haber compartido impresiones sobre la bellísima película Moolaadé, del senegalés Ousmane Sembené, el más grande director en la historia de África, fallecido en junio de 2007, que obtuvo el Premio Una Cierta Mirada en el Festival de Cannes de 2004; la cinta Waiting for happiness (2002), del mauritano Abderrahmane Sissako, ganadora de dos premios en Cannnes, seleccionada entre las 30 mejores películas de la década por la prestigiosa revista inglesa Sight and sound considerada 2003, y Darrat (Tiempo de sequía) del chadiano Mahamat-Saleh Haroun, Premio Especial del Jurado en el Festival de Venecia de 2006.
Gustaba de la época de oro de cine mexicano, en especial del trabajo realizado por el director Emilio ‘El indio’ Fernández. Recordaba la fotografía de Gabriel Figueroa, la potente voz de Jorge Negrete, el encanto de Pedro Infante, la dureza de María Félix, la hombría de Pedro Armendáriz, la belleza de Dolores del Río, la comicidad de Cantinflas, Tin Tan y Joaquín Pardavé, la ternura de Sara García, la seriedad de Arturo de Córdova, el temperamento de Katy Jurado –quien regañó a María Félix durante el rodaje de La bandida–, el canto de Emilio Tuero y las curvas frenéticas de las rumberas Amalia Aguilar, María Antonieta Pons, Ninón Sevilla y Meche Barba, la única mexicana.

En esa vida de narrador, poeta, cronista y ensayista, Espinosa intercaló su pasión por el séptimo arte en dos ocasiones: cuando esgrimió la crítica cinematográfica en las páginas editoriales de El Tiempo en los años 70 y al escribir el argumento de lo que sería una película dirigida por Francisco Norden, proyecto que luego de discrepancias con el director en torno a la ubicación geográfica de la acción se mudaría del cine a una novela llamada Sinfonía desde el nuevo mundo.

Ese año, Espinosa, pese a su enfermedad, pudo disfrutar de Babel, de Alejandro González Iñarritu; Los infiltrados, de Martin Scorsese y La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmarck, entre otras cintas, de las cuales expresó buenos comentarios, en especial de la película alemana ganadora del Premio Oscar a mejor película extranjera.
La última cinta que vio fue Testigo de cargo (1957), de Billy Wilder, su filme policíaco favorito, protagonizado por Tyrone Power, Marlene Dietrich, Charles Laughton, basado en una novela de Agatha Christie, nominada a seis premios Oscar.

De ese tráfico de anécdotas y nombres he procurado que asistan los más importantes a mi memoria, aunque algunos, me temo, se han colado hacia el olvido. Espero haber satisfecho la posible curiosidad que sobre la pasión de Germán Espinosa por el celuloide alguien pudiera tener, sentimiento por el que, creo, se dedicaría a la dirección cinematográfica en una posible reencarnación (en alusión al tema de la transmigración de las almas que usó de forma creativa en algunas novelas).
Por lo pronto, el maestro Espinosa tuvo la ocurrencia de partir, el mismo año, junto con Antonioni, Bergman y Sembené, hacia ese lugar que ni la nave Enterprise de Viaje a las Estrellas, uno de sus programas de televisión predilectos, ha podido llegar: el verdadero reino de las sombras, la frontera final.

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