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A estas alturas tal vez no parece necesario insistir en que, al igual que la novela, ‘Satanás’ no constituye una apología al demonio sino un thriller urbano que entrecruza varias historias de personajes que descienden hacia un infierno personal y se llevan consigo a quienes tienen cerca. No parece necesario, sin embargo en un país de “creyentes” más vale hacer la salvedad y para la prueba un botón: durante el rodaje, a la producción se le conocía como ‘El Ajedrecista’ para no causar rechazo entre los residentes de las locaciones donde se filmó.
En la Bogotá actual como telón de fondo, transcurren las vidas aparentemente ordinarias de tres personajes. Paola (Gardeazábal), una solitaria joven que trabaja en una plaza de mercado vendiendo tinto a pesar de su atractivo físico, y quien es tentada a entrar a un turbio negocio para estafar incautos. Eliseo (Alcázar), un profesor de inglés y excombatiente de guerra que sostiene una difícil relación con su madre y con todos los que lo rodean. El padre Ernesto (Jaramillo), cuya incapacidad de ayudar a sus feligreses llena su cabeza de duda y tentaciones. Las historias se alternan haciendo a los personajes pasar de víctimas a victimarios hasta un violento y trágico final.
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Andi Baiz, en esta su ópera prima, deja atrás las historias con tintes paranormales de la novela para enfocarse sobre las más realistas y recalcar el potencial interno de toda persona para dejarse llevar por sus miedos u obsesiones y lastimar a los demás. La novela, ganadora del premio ‘Biblioteca Breve’ de Seix Barral en el 2004, usa como metáfora el episodio bíblico en el que Jesús expulsa los demonios de un hombre poseído para mostrar la conducta esquizoide, producto del aislamiento y la alineación a la que nos vemos sometidos dentro de una gran urbe. Inspirada en ‘La masacre de Pozzeto’, el filme captura la esencia de la novela y demuestra como sucedió hace poco en Estados Unidos, en la Universidad de Virginia Tech con el estudiante de origen coreano, que a diferencia de los asesinos en serie, la variedad de ‘spree killers’ (asesinos rampantes) están influenciados en gran medida por su ambiente. El FBI define esta forma de homicidio como “un único evento que involucra dos o más locaciones sin un periodo emocional de enfriamiento entre ellas”. De alguna forma, es imperativo entender a este tipo de asesinatos porque se pueden prevenir de forma más sencilla que entender la gestación de un asesino serial y por lo general involucran también a una gran cantidad de víctimas. Lo que nos hacemos a nosotros mismos y a los demás, ya sea por el miedo o la soledad, desemboca siempre en el exterminio de nuestro ser o de otros donde creemos que yace el origen del sufrimiento. ¿Fueron Campo Elías y el estudiante de Virginia Tech personas demasiado sensibles a su ambiente, o algo en su psiquis estaba destinado a explotar?
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‘Satanás’ es tal vez la mejor adaptación colombiana que se ha podido hacer de la novela por su impecable puesta en escena. El diseño de producción y la fotografía son coherentes con las intenciones significativas de la trama, en un estilo realista pero sobrio que se aleja del tipo rudo y con cámara en mano que Iñárritu puso en boga gracias a ‘Amores Perros’. Es casi como si el director caleño estudiara a sus personajes en un ambiente clínico, bajo un microscopio, con pocos movimientos de cámara y ángulos referenciales al conflicto interno. Aunque la intención original del filme era presentar un ritmo in crescendo, éste a veces decae y el espectador sentirá el filme más largo de lo que realmente dura. El manejo de la violencia es medio y preciso, a pesar de las posibilidades sensacionalistas de la novela, el director se limita al recurso descriptivo para enfocarse en el relato psicológico. Algunos diálogos son poco convincentes o demasiado literarios, lo cual está bien para la novela pero no resiste una puesta en escena. Marcela Gardeazábal y Damián Alcázar interpretan con gran efectividad la complejidad de sus personajes y dejan la barra demasiado alta para que el resto del elenco los pueda alcanzar.
Bogotá es apenas reconocible en el rango de la cámara de Andrés Baiz. Sin duda, la atmósfera de la gran ciudad persiste durante toda la película y en parte, accidental o no, para su mérito lo que deja al espectador cuando abandona la sala no es la narración de una anécdota capitalina sino unos descarnados hechos que podrían suceder en cualquier parte... incluso en nuestro interior.